Desde Savona a Roccavignale.
Era la etapa más importante, a la que la tenia más respeto. ¿Por donde subir? ¿Qué ruta tomar? Todo eran dudas…al final, tomando más la decisión por mis piernas y rodillas, ya empiezan a flaquear y en las subidas a veces crujen, tomé la ruta más sencilla, la que menos ascensión.
En lugar de abordar la subida desde Niza, como proponía Eurovelo, me fuí hasta Savona, alargando la ruta mediterránea. Me permite una ruta más fácil de acceso al valle del Po. Decidí tomar esta, no es especialmente la más atractiva especialmente porque no vas por un valle prístino, sino que vas acompañando a la autopista que serpentea valle arriba. Y ambas, la autopista y esta carretera se van entrecruzando continuamente.
Es una mezcla curiosa: el ruido, el hormigón de los puentes, los desperdicios que invaden el perímetro; y las praderas verdes, luminosas, los robles amarilleando por el otoño, los cencerros cantarines, los balcones repletos de flores. Lo bello y lo feo se mezclan, se van entrelazándose en la subida. Quizás lo bello sea más junto a la molicie. Aquel roble de tonos amarillos brillantes lucía luminoso junto al pilar de la autopista. O la oropéndola que cantaba era más genuina junto a los bramidos de los camiones. Los animales y el paisaje se hacen, aprenden a convivir. Silenciosos, ocultos estaban ahí. Y lo de siempre, lo que tantas veces he comentado ya, ir en bici te deja acercarte al canto de los pájaros, al susurro de las ramas, te hace formar parte del paisaje.
La cima, el collado, no era nada espectacular, especialmente porque una densa niebla invadió todo. Solo un gran corazón rojo que surgía en la bruma, y un enorme banco que enpequeñecía al que se sentaba. Lástima, pero la humedad y un viento a ráfagas me dió razones para comenzar a descender.
Gran parte de la subida la hice con un local que llevaba una bicicleta muy vieja y oxidada. Calzaba unas botas de agua que duplicaban su talla, en el transportín llevaba una azuela encorvada. De rostro aceitunado, con la barba de días y con un chubasquero roto subía de forma segura y acompasada, con un pequeño crujir en las bielas que le daba un toque más precario.
Nos acompañamos en el recorrido, en silencio. Nadie dijo una palabra. Aquellos tres kilómetros de cuesta, de curvas escondidas, bajo robles centenarios dieron otro toque a la subida. Las bicicletas, la ropa, los motivos que hacían que estuviéramos pedaleando eran antagónicos, pero ahí estábamos: apretando los dientes, forzando los gemelos, resollando juntos. ¿Qué pensaría de mi? ¿Qué pienso de él?