El segundo día, desde Orusco a Sacedón. Por el Tajuña, el valle después de las últimas lluvias esplendido, verde, juvenil. El carril bici bien mantenido y señalado.
Junto al carril, un grupo de adolescentes desaliñados, con bicis recién estrenadas, parten nueces y se las comen. El camino está repleto de nueces que han caído con las tormentas de estos días.
Al pasar les saludo, y les digo
- ¿un poco pronto?
- No, ya se pueden comer.
Les pido una, me dicen que me agache que están en el suelo.
Al probarla está verde y ácida, la escupo.
- “Hay que acostumbrase”…al principio no saben bien…pero después están riquísimas
Sorprendido les dejo.
Más adelante, un señor mayor, con la ropa descuidada, manchas de barro y grasa, también en bici (vieja, oxidada, con una caja de futa en el transportín) recoge nueces de un nogal grande, añoso, que se extiende por el camino. El carril lleno de nueces.
Le digo, que parece que están verdes. Demasiado pronto para cogerlas.
- “Pronto es, pero extendiéndolas en la bodega, y dejándolas madurar se podrán comer cuando apriete el frío”
El viejo las saboreará.
El carril sube hasta Mondéjar, el páramo, donde encinas, olivos y vides se mezclan. Antes de llegar, Roberto un joven sexagenario que va con ritmo vibrante paseando con deportivas fosforitas y con una camiseta en la que se lee “Triatlón de Mondéjar” nos saluda y nos pregunta dónde vamos, antes de contestar nos dice
- Si os han invitado a las fiestas de Mondéjar, llevad comida y vino, que allí no los cataréis.
Roberto es de Ambíte, y parece que hay bastante “pique” entre Mondéjar y su pueblo. Mondéjar, es más grande, tiene mejores toros y más industrializados que los ambiteños, nos cuenta Andrés en la plaza del ayuntamiento, mientras contempla como colocan protecciones de madera y hierro en la plaza de la iglesia. Empiezan las fiestas, y lo mejor será “la guerra de correpíes”. Los mozos del pueblo se enfunden en ropa de faena como si fueran buzos y se dedican durante horas a tirarse petardos, que serpentean en espasmos imprevisibles. Fuera, detrás de talanqueras y protecciones, médicos y policías atienden a los quemados. Una tradición que perdura.
La vía ciclista continúa por el páramo.