De Turin a “Casale Monferrato”
Si levantas el zoom cuando estás en el mapa de este valle te encuentras un sinfín de ríos que lo cruzan de norte a sur, desde los Alpes al río Po. Torrentes fuertes, caudalosos, que bajan bramando, con aguas grises y azuladas de las montañas, que conservan el frío de los glaciares. En cambio hay otros cauces tranquilos, reposados, que parecen que no se mueven, donde puedes ver nutrias, y ratas de agua, de piel mojada y colas largas.
Es una cuadrícula de trazos gruesos y finos que abarca todo el valle. Recorrerlo es cruzar puentes, más grandes y pequeños; algunos de hierro, con balaustradas adornadas; muchos de ladrillo, con arcos grandes y pequeños. Algunos son sólo unos tablones, otros grandes y fuertes para soportar cosechadoras y camiones. En algunos canales hay patos, en muchos garcetas y cigüeñas, a las nutrias las ves corretear por los campos. Los que están por todos los cruces son los cuervos. Aquí son grises.
Los pescadores no están ni en los canales ni en los torrentes. Sino en pequeños lagos con bar y restaurante. Lagos vallados como una propiedad, con un anuncio en la entrada que promete grandes capturas. Cada lago tiene su especialidad: truchas, barbos, Lucios, black bass….y siempre hay señores rodeados de cañas y artilugios pescando con mirada concentrada y gesto expectante. Me resulta extraño: ellos quietos, yo en movimiento, qué dos maneras tan diferentes de ver el mundo.
Cuando estas tierras sentían amenazadas sus riquezas construían fuertes. Ahí la ciudad donde hemos parado hoy. Un fuerte en mitad del valle. Pero ya vacío , sin uso y sin futuro. Cuando recorres estos pueblos empedrados de historia frente a edificios solitarios, tu solo jugando en los recovecos de sus calles sientes que el tiempo ya ha pasado, tu tiempo también con las pedalearas perdidas. Eres como uno de esos pescadores mirando la lámina de agua, la línea del tiempo.