Pavía-Piasencia.
Después de 30 días dando pedales este ha sido mi primer día de lluvia. Acorto la etapa para exponerme menos a la lluvia. Chaparrones que vienen y van, imprevisibles. Me pongo todo lo que traía para los días de lluvia y aún no había usado. La etapa es llana, cómoda, con buen firme. Y sin viento. Pero al acortarla han surgido las complicaciones, es difícil no seguir un camino marcado y explorar en cada cruce por dónde tienes que ir.
Al dejar al navegador que sugiera la ruta no sabes con qué tipo de carretera, camino o sendero te encontraras. También porque dependiendo de lo que vas encontrando cambias e improvisas. Y hoy con todo embarrado esta diferencia es crucial. He acortado ruta, y no serán los ochenta kilómetros que marca el track inicial sino que tomando atajos dejaremos esos meandros infinitos que acompañan al río. La alternativa son caminos entre frutales y olmos, senderos de piedra y asfalto roto. Mientras la lluvia martillea el casco. Poco a poco vas sintiendo la humedad en cada parte de tu cuerpo, y eso que voy embutido en el traje de agua.
El recorrido en una neblina que lo abarca y oculta todo pasa a ser plácido mientras llueve poco, o en esos intervalos que deja de hacerlo, pero pasas a ser agobiante cuando cae inmisericorde. Otro compañero de viaje impredecible que se te va haciendo cotidiano.
Una experiencia nueva, la compañía persistente de la lluvia, pero no desde un cristal, ni dentro del coche, sino compañía que se va haciendo presente en cada parte de tu cuerpo, sin previsiones de que puedas abandonarla. ¿Cuántas veces he leído en relatos históricos sobre aquellas legiones que se adentraban en las galias con el sonido permanente del agua en las armaduras? ¿o aquellos españoles que recorrían la Amazonia en días sin ver el sol y con la sola compañía de la lluvia y la selva que los envolvía?
Leerlo, incluso presenciarlo desde una pantalla, tiene un grado de realidad, que se sobrepasa cuando eres tú el que vas acompañado de su crepitar. Pocas veces he estado debajo de las nubes sintiendo que me faltan horas para guarecerme, que la jornada consistirá en sentir cómo se empapa el rostro humedeciéndome los labios. Horas de camino sin refugio.
Mi camino tiene término, veo como voy restando kilómetros, calculo el tiempo en el que llegaré al refugio, a la habitación caliente, a la ducha. Es un destino seguro, llegaré.
Paro en una ermita, frente a una panadería. Huele a pan recién hecho. El sonido del agua que cae de los canalones y el olor a pan caliente es una mezcla plácida, acogedora, mientras me saco los guantes y soplo los dedos ateridos. Pido un croissant caliente con un café, tomo aliento. Tormenta de sensaciones, el olor del croissant, el café caliente, las manos entumecidas, los pies fríos.
Pavía es una ciudad de calles de piedra de caliza, blancas y brillantes, de muros que escurren agua. Un puente monumental sobre el río que extraña a ciclistas y peatones, solo coches. Soportales vacíos, y librerías decadentes. Mientras cruzo la ciudad me imagino los tercios españoles hambrientos atrincheraos en estas murallas en 1532. El 24 de octubre salieron aún de noche desesperados contra el enemigo, "el pan lo tenían los franceses", les pillaron desprevenidos y vencieron. El rey de Francia, Francisco I fue hecho prisionero y llevado a Madrid, estuvo prisionero en el antiguo ayuntamiento. Faltan dos días para la fecha y han pasado casi quinientos años. Es historia.
Crónicas de 3.000 arcabuceros y una bicicleta en un día de lluvia, los arcabuceros ya son historia, la bici ha dejado su rodada en un charco con algo de barro.