domingo, 22 de octubre de 2023

Día 32. Sobrevolando la rivera.

 

Desde Mantua a Ferrara

Mantua sobrecoge (aunque decir esto en Italia no sé si tiene mucho sentido) La catedral es soberbia. Un espectáculo la decoración de techos y paredes. Lástima que con la bici no se puedan visitar monumentos. Con la bici viajas, pero no la puedes “dejar”. En ella está todo, es muy muy vulnerable, hay que estar pegadito. Si te la robaran, y es muy fácil, ahí acabaría tu viaje. Somos vulnerables para los ladrones y ante cualquier vehículo a motor. Es nuestro sino.

Cuando quiero visitar una iglesia, asomarme a algún edificio, o comprar en un supermercado tengo que pedir el favor: ¿me la vigilas un momento? Y no es fácil encontrar a alguien y buscar un lugar seguro para dejarla. Claro, el vigilante y el “lugar” tienen que estar juntos. Normalmente tomo un café en una terraza y a alguno de los que están en las mesas colindantes les pido el favor. No todo el mundo acepta, es asumir una responsabilidad que no tienen que aceptarla.

La visita es rápida, entrar y salir, y siempre con la duda si la reencontrarás. Esta sensación también se da en los campings donde duermo. Tengo que echarle una lazada con un cable de acero con llave. No puede ser muy pesado, lo que equivale a vulnerable. Si quiero visitar alguna ciudad lo que hago es buscar un hotel por el centro, llegar al medio día y dedicar la tarde a visitar, pero estos horarios tan europeos hacen que tenga poco tiempo. 

Es una dimensión nueva esto de priorizar el viajar como un proceso de movimiento, de desplazarte, en lugar de “visitar”, entrar, indagar. Viajar en bici es más contemplativo pero no sobre objetos únicos, sino sobre el paisaje. No observas de manera estática sino de manera dinámica, el objeto va cambiando porque tu perspectiva en movimiento lo va observando desde distintos ángulos, el desplazamiento lo va transformando. Las perspectivas van transformando lo que ves. En ese juego de perspectivas paso todo el día, aquel árbol a lo lejos deja de estar sólo, ahora está rodeado de casas, de cultivos, no es el mismo; aquel bosque deja de ser una maraña de troncos y en un instante aparecen rectos, alineados, convergen en filas hasta que se pierden enmarañados.

El río Po desde Mantua toma unas dimensiones colosales, más de cien metros de cauce, y una velocidad de las aguas nada dulces. Arrastra ramas, troncos, espuma, y con velocidad. Es hipnótico ver como troncos grandes se desplazan sumergiéndose y volviendo a aparecer. Parece que un niño, con unas manitas invisibles jugara con ellos. No me extraña que los antiguos divinizaran estas fuerzas caprichosas. Tal como es  la fuerza del río deben ser devastadoras sus crecidas.  Junto al río hay dos murallas enormes de más de veinte metros, son los diques que acompañan su cauce. Y justo por encima discurre la ciclovía. 

Pedalear por el dique equivale a sobrevolar pueblos, campos, bosques y el mismo rio. Ves los tejados y los porches de las casas; las torres, las cúpulas y las iglesias; la parcela de viñedos y al operario que fumiga; el río en su extensión, y el trocó que juega con los remolinos. Primero ves el conjunto, después el detalle, como los aviadores. Al revés de lo que nos sucede cuando miramos desde el suelo. El detalle aparece en esta perspectiva al final. Curioso juego de matices.El recorrido es largo…más de 50 kilómetros pedaleando por las alturas.


40. Extrañas compañías.

San Salvo—Apricena Pasando por Termoli. Termoli: una fortaleza en medio de la costa. Hasta ahora todas las ciudades y pueblos iban entrelaza...