Burbáguena (Lavadero)---Letux
Llegamos perseguidos por rayos y tormenta a Burbáguena, un pueblo con albergue. Hace poco que han abierto un tramo de la Santander-Mediterráneo. Pero el pueblo está en fiesta.
Cuando llegamos una banda de saxofones y trompetas desfilaba por el pueblo. Un desfile lacio, sin ánimo, con la bandera del cristo al principio y un par de damas vestidas de largo, el resto miraba. La banda tampoco uniformada, sería la pachanga de la verbena de la noche que tenían también contratado el desfilar el estandarte del cristo. Están cayendo algunas gotas, los truenos resuenan a lo lejos.
El albergue lleno, o mejor cerrado. El bar de abajo a tope, no paran de servir cerveza, las cuadrillas que se agolpan repiten rondas. Vocerío. Gran ambiente grupos de edad que ríen y beben entorno a la barra, todos parecen bienvenidos…..menos un hombre entrado en canas que bebe sólo una cerveza, sentado junto a la barra, que le dura la tarde. El contrapunto.
Salimos para montar las tiendas, nos han preparado un par de bocatas de tortilla que serán la cena. Cuando estamos a punto de montarlas, consultamos las predicciones: tormenta, jarreará. Decidimos buscar un techado….y al final nos queda el lavadero.
Un lavadero limpio, recién restaurado, recién estrenado. ¿Para qué? Quizás la pregunta no sea el servicio que puede dar, sino el que dió. Y los que lo han restaurado han hecho ese pequeño monumento a sus madres, a las que pasaban el día amasando la ropa, donde las piedras se bordeaban con el vientre de las mujeres que apretaban y raspaban. Este gesto, puede que sea la única manera de no olvidarlas, no hicieron nada, no construyeron nada, ni transformaron. Criaron hijos que levantaron un país. El recuerdo de las manos encallecidas y ateridas por el frío del agua. Incluso han perdido su nombre, sólo queda el lavadero.
Entre la pila y el muro del fondo montamos nuestro vivac, parapetados por la bicicletas…no sé muy bien contra qué enemigo…pero cuando uno duerme teme soñarlos. Los sacos de dormir en el suelo, junto al desagüe. El ruido del chorro, el desagüe que va a pálpitos, la noche promete. Pero las madres que lavaron nos cantan en el agua, fluye bronca pero limpia. Y el sueño llega reposado. Fuera cuando se oye el trepitar de la música de la pachanga, y los bafles en los que maldicen viejos roqueros. Nosotros solo oímos la lluvia, los rociones del viento en la pila, el chorro que se vierte.
Gracias al descanso pudimos atravesar parte del sistema bético que nos quedaba, pueblos muy dignos: Langueruela, Cucalón, Bádenas, Santa Cruz de Nogueras…pueblos donde parece que la reconquista ha quedado congelada. Al pedalear hemos sentido a viejos hidalgos cabalgando junto a nuestras monturas. Incluso parece que el de Vivaz pasó con sus levas. Pero ya hemos olvidado aquellos héroes, y sólo nos quedan los pinos de “repoblación”.
Acabamos en Letux, un pueblo que me parecía de nombre visigodo o romano, pero los expertos dicen bereber. Sus antiguos han recuperado la tierra. Tuvimos una extraña sensación al recorrer sus calles y oír a niños jugar y reír en magrebí.
Uno de los niños nos lleva a una fuente muy limpia…casi todo el valle las tiene contaminadas por los nitratos de las granjas porcinas que abundan por la zona. Los que no estaban contaminados eran los tomates y pepinos de José, un hortelano que cuidaba su huerto junto a nuestras tiendas. Llevaba un cesto de calabacines…pero como nosotros no los podíamos “preparar”, volvió al huerto a recoger unos tomates y pepinos.
Los tomates de Jose, con los fideos de “yotecomo” dieron al “preparado” un toque castellano de levas lejanas que luchaban contra bereberes.