miércoles, 20 de septiembre de 2023

Día 7º. Tierras de silencio.


 Primero Belchite, el pueblo maldito, destruido en la guerra, y no construido como testimonio de la barbarie que nos asoló casi hace un siglo. Las calles rotas, el campanario acribillado, entre el silencio aún silvan las balas y los obuses. No sabes dónde y qué mirar, los ojos se esconden en el estómago.

La ruta bajaba hacia el Ebro, y después de pasar por Codo, y su jardín de olivos centenarios, el cauce del Cámaras, empieza a languidecer y encontramos otro desierto: la estepa del Pladerón; valdía, seca, agostada, con la tenacidad de los que siguen labrando y sembrando. Vacío, silencio.

Cruzamos el Ebro, vivo, fuerte, y orgulloso del poder de sus aguas. Y levantamos cuestas hacia el norte. Las tierras pierden color y se hacen blancas, traslúcidas: Los Monegros; el territorio de savinas solitarias y quejumbrosas, doblegadas al viento para sobrevivir. 

Tres silencios distintos, el que se queda en el estómago, la impotencia y la rabia; el que se pierde en la ausencia, en tierras agostadas, muertas de vida, pero que clava el arado para sobrevivir; y el que mira al cielo para esperar la lluvia, nada puede hacer, sólo la plegaría. 

Llegar a Fraga esa tarde, entrar en la huerta, recorrer campos de hortalizas y frutales, fue una liberación.







40. Extrañas compañías.

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