Ojalá fuera todo una linea recta. Pero el intento de la ruta por apartarnos de las carreteras más transitadas nos hace dar vueltas y mas vueltas...a veces me revelo y tomo la principal. De una a cuatro de la tarde es buena hora. Apenas hay tráfico. Pero estas me apartan del centro de los pueblecitos...por los que me encanta pasar y tomar un cafetito...
La noche fue movida en Draguignan. Una ciudad al fondo de un valle lleno de tráfico y polución. Para salir y entrar tuve que subir cuestas y descender precipicios, en varias ocasiones me llevó a lo que los franceses llaman "pas a terre". Machaqué las pastillas de frenos...las tuve que cambiar esa misma tarde.
Esa noche entre que llegué tarde, anochece a las 7, y tuve el entretenimiento mecánico, se me hizo tarde para cenar.
Estaba plácidamente sentado en mi sillita ( habitualmente elijo los sitios más apartados de los campings) cuando al otro de la valla aparecieron unos cinco rayones, jabatos juguetones que hacían cabriolas....yo desde el otro lado de la valla les miraba plácidamente mientras degustaba mis fideos "yotecomo" aderezados con guisantes, zanahorias y aluvias....de un bote de conserva de mi imprescindible Lidl.
Pero los jabatines fueron tomando confianza , atravesaron la valla y cuando me quise dar cuenta estaban alrededor de mi tienda. Parecía que el olor de mi cena les gustaba y querían. Yo, a pesar de ser un reputado cazador de osos entré en pánico.
Comencé a gritarles y a pedir que alguien me echara una mano...¿Cómo espantaba yo solito todos los rayones y dos adultos que se me encaraban cuando intentaba espantar a sus criaturas?
La respuesta de mis vetustos compañeros fue inexistente, salvo algunas voces que decían “Silence, s´il vous plait” Me sentí desbordado, no sabía qué hacer.
El que si apareció fue el único usuario “joven” al que había visto llegar al filo de las 8, con traje luminiscente y con cara de agotado. Un jóven rumano, que ajustado de presupuesto, dormía en una pequeña tienda de Decathlon. Se levantó a mis gritos…y me comentó que era habitual que todas las noches estos pequeños intrusos se acercaran a buscar comida. Me aconsejó cambiarme de sitio, pues allí donde estaba era donde rondaban por las noches. Trasladé todos mis enseres, que desperdigados ocupan mucho, y la tienda, que al ser portante (si se quitan las piquetas se puede llevar de un sitio a otro con una mano, imaginad el tamaño de mi morada) es un plus.
Después del incidente Vasile, con muchas ganas de conversación, trajo su otra silla, la ventaja que tiene estos almacenes es que al final compartes con otros el uso cachivaches, y una botella de limonchelo. Allí estuvimos una hora hablando del cerdo campestre y de costumbres culturales ancestrales que compartíamos los europeos.
Vasile está muy sólo, su mujer y sus hijos en Rumanía, y él reparando baches entre los resoplidos del tráfico y de sus jefes. Le pillé pesimista, dice que tiene días mejores. No encuentra el momento ni los dineros para traer a su mujer a una habitación con baño. Su país no le gusta, este tampoco. Fue el único que acudió a mi llamada.
Durante toda la noche estuvieron los lechoncitos resoplando alrededor de mi tienda. Oí un par de veces la cremallera de Vasile abrirse para espantarles. Yo, dado mi valor y aplomo, me dejé arrullar por los resoplidos de Morfeo.
solo oí de mis vetustos camaradas