domingo, 8 de octubre de 2023

Día 24. Mónaco desde las alturas.


En la etapa que salía de Niza tenía que cruzar la frontera y ya dormir en Italia.  En principio, una etapa costera, de poco nivel. Pero la propuesta de Eurovelo 8, es otra. Parece que el objetivo es alejarnos de las grandes ciudades, ya lo hizo con Marsella, Montpellier.. Mónaco no debe ser fácil de cruzar en bici “de tranqui”, mucho concentrado en poco espacio.


La apuesta de Eurovelo es subirnos por las alturas, hasta un puerto de 500 metros, salimos del nivel del mar. Desde Niza la carretera se empina entre urbanizaciones de lujo, con vistas al mar. Sube y sube, y con pendientes del 10% que gracias a que no había tráfico puedes ir negociando poco a poco sin prisas, las vistas que vas descubriendo entre las casonas merece la pena.


Doce kilómetros en un culebreo solitario, o adelantado por coches de época. Parece que el trayecto coincidía con un recorrido de una empresa de alquiler de estos coches. Y la paradoja de apretar los dientes, hacer girar  el piñón grande con plato pequeño, mientras vas oyendo tronar a viejos modelos de los años veinte no tiene parangón.  Como la secuencia fue al menos tiple, el guía del primer coche y el último me voceaban sobre como iba y lo que había avanzado desde la última pasada. En el puerto de Eze coincidí mientras tomaban la foto de grupo, fuí aclamado por los maestros del carraspeo y runruneo decimonónico. Sus conductores parecían que compartieron su infancia con los modelos que conducían.


Muchos eran los ciclistas que subían a “Cote d’Eze”desde distintas carreteras. En el puerto ni una fuente, ni un bar…nada de nada. Qué lejos esos puertos españoles llenos de chiringuitos y de pandillas de ciclistas desayunando. Pude llenar el bidón en un pequeño cementerio que había en la bajada. Los cementerios suelen estar abiertos, y siempre hay una grifo para las flores de los difuntos.



La carretera de bajada recorre lo que se conoce como la “gran cornisa”, escarpada en la roca es un mirador a toda la bahía de Mónaco. Las vistas excepcionales, pero miedo también, ir sobre un pequeño arcén junto al precipicio, aunque me protegían unos bloques de cemento, impresionaba más que la subida.


Llegar a la playa, un alivio. Parece que mis pies al final tocaban el suelo. Los últimos metros en el impecable carril ciclista francés. Pasar la frontera otro mundo. Las fronteras ya no nos dividen en Europa pero sí nuestra manera de vivir el mundo.




40. Extrañas compañías.

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